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«La guerra civil en Francia» de Gustave Doré               

Armado con su lápiz y cuaderno, el artista se aposta en una esquina e, inquieto, con un ojo puesto en la calle y los peligros que quizás encierra, se apresura a abocetar el motivo que se le ofrece a pocos metros: una barricada de adoquines y, a sus pies, custodiándola –ya en balde–, el cadáver de un soldado. El lugar de la escena: el cruce de la rue Arcade con el bulevar Malesherbes de París; el dibujo, luego estampa: Guerra civil, firmado «Manet, 1871».

Tal fue, según Théodore Duret, crítico y amigo del pintor Manet, la génesis de esta litografía inspirada en los terribles sucesos de la llamada Comuna de París, la efímera experiencia revolucionaria de 1871, precedente –de discutida filiación ideológica– de las revoluciones rusas del siglo XX y sus epígonos. Decimos según Duret, porque según críticos más contemporáneos y escépticos no hubo ni bulevar Malesherbes ni boceto del natural ni nada de todo ello, sino mera recreación posterior. Fuera como fuere, se trata de uno de los dibujos más difundidos de entre aquellos nacidos al hilo de los acontecimientos, que culminaron en el baño de sangre y la brutal represión gubernamental de la semaine sanglante. Pero no fue el único. Así, por ejemplo, encontramos un testimonio gráfico de excepción en la obra del olvidado caricaturista Georges Pilotell, comisario político durante la Comuna. Un boceto suyo nada sospechoso ostenta, bajo el dibujo del cadáver del líder communard  Rigault, una leyenda que reza: «Visto por el autor el 24 de mayo a las 5 de la tarde en la rue Gay-Lussac». También Gustave Courbet, cuya participación en los hechos revolucionarios es bien conocida, captó en dibujos más o menos del natural algunas escenas de la represión, sufrida en carne propia. Pero, quizá, el reportaje gráfico más completo e incisivo sobre los acontecimientos se deba a otro artista con nulas simpatías por la Comuna, autor de un cuaderno de caricaturas publicado solo veinte años después de su muerte. Nos referimos a Gustave Doré (1832-1883) y su álbum La guerra civil en Francia (Versailles et Paris en 1871).

La guerra civil en Francia (El Nadir, 2017)

Consagrado principalmente a la pintura y a la rentable tarea de poner en imágenes las grandes narraciones de la literatura, el popular ilustrador de Rabelais, Balzac, Cervantes o La Fontaine, apenas había perseverado en «el arte de la caricatura» desde su época de juventud. Y aún menos insistido en la sátira política, que llevó a su máxima expresión en su ambiciosa Historia de la Santa Rusia, publicada en 1854 con motivo de la Guerra de Crimea. Dicho álbum, una especie de  delirante novela gráfica avant la lettre, constituía, aparte de una implacable crónica de la historia de Rusia, un alegato a favor de la intervención de Francia, recién proclamada Segundo Imperio, en el conflicto. En 1871, apenas tres lustros más tarde, las tornas han cambiado. El falso brillo de las glorias napoleónicas termina de nuevo por el fango: la guerra contra Prusia, desencadenada en verano de 1870, desemboca, en pocas semanas, en verdadero desastre militar. El régimen de Napoleón III se desploma, pero el país continúa la lucha y trata de defender París, sitiada por el enemigo. En vano: a finales de enero de 1871 se firma el armisticio y, en febrero, el nuevo gobierno instalado en Versalles, de signo conservador, ratifica las onerosas condiciones de paz. Pero el pueblo de París se siente traicionado y, ante la abierta hostilidad que aquel le manifiesta, se subleva enarbolando la bandera roja. Versalles, sede de la Asamblea Nacional y del gobierno, contra París, baluarte de la revolución; estas dos Francias en lucha se reparten el protagonismo del cuaderno que Doré, alarmado y fascinado por la marcha de los acontecimientos, va a empezar a dibujar. El conjunto resultante será una galería de retratos de personajes de ambos bandos, de los diputados de la Asamblea Nacional de Versalles por un lado y de los «federados» o communards (la milicia popular y el proletariado parisino) por el otro; una lección magistral de dibujo caricaturesco, una inclemente sátira política.

Historia de la Santa Rusia (El Nadir, 2017)

Así pues, en mayo de 1871, mientras los acontecimientos se precipitan en París, Doré –que se ha refugiado con su madre en Versalles–, asiste como espectador a las sesiones de la Asamblea que tienen lugar en la ópera del gran recinto palaciego, reconvertida para la ocasión (destaca la alta tribuna situada sobre el escenario) en sede de la soberanía nacional. La composición de esta cámara surgida de las elecciones del 12 de febrero, precipitadamente organizadas en un territorio en gran parte ocupado por el enemigo y sobre las que había sobrevolado la candente cuestión de la firma de la paz, es abrumadoramente favorable a los partidarios del «orden»: conservadores y monárquicos copan la mayoría de los más de 700 escaños de la Asamblea.

Aunque entre estos diputados hubo políticos destacados, es inútil buscarlos entre los oradores dibujados por Doré, que, omitiendo poner nombres, manifiesta más interés por los personajes y clases sociales que por las grandes personalidades. Quizá ello explique el carácter atemporal de estas caricaturas (inevitable remitirse a las antaño realizadas por Daumier), que funcionan como un compendio de toda clase de vicios universales. Pues universales son la palabrería, oportunismo, fatuidad, hipocresía y egoísmo de clase que recorren las intervenciones de los retratados; universal la estupidez que, bajo toda su pretendida seriedad, asoma en sus rostros y sus poses. Así, mientras la violencia y la guerra se abaten sobre París, los diputados propugnan mano dura y se entregan a debates triviales o estériles repletos de gesticulaciones. Pese a las manifestaciones de disidencia de una minoría, abunda el conservadurismo, si no la reacción, camuflado, confeso o directamente virulento. Las palabras que Doré presta a estas «clases dirigentes» casan a la perfección con sus fisionomías, en las que el dibujante, pese al fino trazo de plumilla, se recrea cargando las tintas: el orador que dice gustar de la rectitud está jorobado, el que afirma palidecer está rojo como la grana, el que se precia de tener «cierto ojo» se protege la vista con gafas oscuras…   

Diputado de Versalles. La guerra civil en Francia

Tras el capítulo dedicado a la Asamblea, el apartado de la Comuna se abre con una maravillosa parodia de la típica alegoría republicano-revolucionaria, en la que la esbelta Marianne queda convertida en vulgar matrona. Siguen una serie de retratos a lápiz de prisioneros communards, en su mayoría guardias nacionales (soldados de la milicia popular) que el artista debió ver conducidos por las avenidas de Versalles hacia las improvisadas y abarrotadas cárceles de la ciudad. Derrotados, abatidos y cansados, estos personajes, que excepcionalmente no se expresan mediante ninguna leyenda, parecen acusar posibles taras, pero también traslucen la nobleza de las causas perdidas. La posible empatía de estos retratos deja sitio al abierto desprecio en buena parte de los motivos del resto de la serie, que ponen en escena a operísticos soldados garibaldinos (venidos en apoyo de la causa revolucionaria), pero sobre todo a guardias nacionales y elementos del lumpen, que Doré recrea en combate, discurseando o, ya prisioneros, declarando ante el juez. Todos ellos destilan, en mayor o menor grado, odio, rencor, populismo, ignorancia y credulidad. Implacable, Doré parece comulgar con el juicio de Victor Hugo: «En fin, esta Comuna es tan idiota como feroz la Asamblea Nacional. En ambos lados, locura». Con la salvedad de que, quizás, Doré reparte ferocidad y estupidez a partes iguales…

Combatiente de la Comuna. La guerra civil en Francia

Tras el aplastamiento final de París, Doré abandonó Versalles. No sin dejar antes, en agradecimiento al matrimonio que le había hospedado durante tan fatídicos días, el álbum en cuestión que, sin duda, ni siquiera contempló publicar. Algo desde luego imposible, dada la censura puesta en marcha por la reacción triunfante, que pronto iba a prohibir la «exhibición, venta y tráfico» de toda imagen crítica con la acción represiva del gobierno (así como impulsar, para expiación de los pecados revolucionarios, la construcción de la basílica del Sacré Coeur de Montmartre). Ese mismo año, en consonancia con los tiempos y su gusto por las grandes concepciones, Doré emprendería la ejecución de diversos cuadros alegóricos y patrióticos sobre aquel «año terrible» de 1870-71. El más notable, El enigma, pone en escena, sobre el fondo de un París humeante, los restos de una batalla sobre los que destacan las figuras de una impasible esfinge y de una moribunda victoria alada que interroga con el gesto. Una obra elaborada y largo tiempo trabajada que, sin embargo, se nos antoja afectada, hueca, comparada con la estampa de la barricada parisina, con esos dibujos ejecutados frente a la tribuna de oradores, junto al triste cortejo de vencidos, traspasados de verdad. Porque siempre, entonces igual que ahora, mientras la lucha se dirime a vida o muerte, mientras las víctimas se debaten en el matadero, algún presidente de mesa o asamblea, haciendo repiquetear con irritación su campanilla, exclama: «¡Ya vale de cuestión previa! ¡El simple orden del día!».