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«The Gibson girl»: un sueño americano

Charles Dana Gibson (1867-1944), creador del prototipo de belleza femenino conocido como the Gibson girl, fue uno de los dibujantes más virtuosos e influyentes de su tiempo. Muy popular en los Estados Unidos de los primeros años del siglo XX, supo moldear como pocos artistas la apariencia y aspiraciones de sus contemporáneos, a través de una obra gráfica que, vista desde la distancia del tiempo, parece condensar todo el espíritu de una época.

Nacido en Massachusetts, en una familia modesta pero con hondas raíces en Nueva Inglaterra, Gibson estudió en la Art Students League de Nueva York y, muy joven, en 1886, comenzó a publicar sus dibujos en el semanario Life (1883-1936). Su caché pronto subió como la espuma, pasando a colaborar en otras grandes revistas neoyorquinas, como Scribner’s Magazine o Collier’s Weekly.

Una de las razones del éxito de Gibson radicó en su apabullante destreza gráfica. Virtuoso del trazo a plumilla que, gracias a los nuevos medios de reproducción fotomecánica, podía por fin reproducirse sin la intervención de un grabador, apenas tuvo rival en ese terreno en una época ya fecunda en talentos, como sus veteranos colegas A. B. Frost o T. S. Sullivant (compañero de Life y eximio dibujante de animales antropomórficos). Pero Gibson no sobresalía solo por la precisión de su trazo –así como por la expresividad que animaba sus figuras–, sino por su capacidad para el retrato social: tanto en la ironía con que observa la alta sociedad, como en sus imágenes de tipos y ambientes populares (las carreras, las tabernas, los tranvías…) se hacen siempre patentes sus grandes dotes de observación y penetración psicológica. No por casualidad él mismo se preciaba de ser comentarista social antes que mero ilustrador.

Autor sobre todo de cartoons o viñetas sueltas con sus correspondientes leyendas, Gibson también concibió breves historias dibujadas que, compuestas a base de grandes cuadros escénicos a la manera de William Hogarth (1697-1764), lejano ancestro de la narración gráfica, funcionan como una especie de novela. El ejemplo más ambicioso lo constituye The Education of Mr. Pipp (1899), una sátira de ecos jamesianos sobre contrastes culturales entre aristócratas y nuevos ricos, entre europeos y norteamericanos, protagonizada por un burgués simplón y sus hijas casaderas en Grand Tour o viaje de recreo por Europa. Otro ejemplo notable es The Weaker sex («El sexo débil»), cuyo título más bien parece referirse irónicamente al sexo masculino, encarnado en un irresoluto soltero asediado por omnipresentes y arrebatadoras «Gibson girls».

Primer dibujo de la serie The Weaker sex. El arte de Charles Dana Gibson (El Nadir, 2023)

The Gibson girl: buena parte de la obra de Gibson, y sin duda la que le confirió más popularidad, está protagonizada por un mismo ideal femenino que apenas sufre variaciones entre dibujo y dibujo: mujeres de facciones perfectas, a menudo de estatua griega, con una mandíbula y mentón a veces bastante pronunciados (los de la propia mujer de Gibson, Irene Langhorne), cabello en voluminosos recogidos, delgada silueta en forma de ese (en consonancia con los cánones del momento) y una actitud siempre elegante, incluso distante, pero desenvuelta y moderna.

Porque la «Gibson girl» trasmite seguridad en sí misma y es deportista e independiente, al menos en cuestiones de amor (la lucha por los derechos políticos era asunto de sufragistas), donde siempre tiene la última palabra. Tanto es así que, sabedora de su ascendiente sobre los hombres, llega a jugar un poco con ellos, pero sin verdadera malicia, sin ninguna crueldad de femme fatale. A menudo gran dama, siempre burguesa, la «Gibson girl» era, en suma, un espejo en el que muchas estadounidenses deseaban verse reflejadas y un ideal con el que los hombres estaban dispuestos a soñar. Todo se movía en el terreno del arquetipo y la sublimación –al punto que en algunos dibujos esas mujeres de fantasía devienen frutas o flores, en composiciones kitsch vagamente inquietantes– pero los medios de comunicación, el marketing, promovieron la identificación de ese icono con un modelo real, una estadounidense de carne y hueso.

Así, a lo largo de los años hubo varias mujeres personificando ese ideal, a destacar la actriz Camille Clifford, elegida «chica Gibson» por su sinuoso y exagerado talle en un concurso patrocinado por el propio artista. También hubo mujeres que inspiraron su obra, a destacar, además de su esposa, la muy bella Evelyn Nesbit, de trágica y escandalosa biografía: a partir de fotografías de la célebre «vedette», Gibson dibujó una cabellera en forma de interrogante que fue portada de Collier’s.

Pero la «Gibson girl» no estaba sola. Cuando se trataba de amor, tenía su perfecto complemento en the Gibson man, su equivalente masculino, tan apuesto, bruñido y anglosajón como ella.

El éxito fue completo y tuvo su reflejo en el merchandising: con el correr de los años, las mujeres de Gibson aparecieron no solo en prensa y en grandes álbumes apaisados, sino sobre las más variadas superficies: cajas de cerillas, abanicos o pañuelos, pero también vajilla y cubertería, manteles, ceniceros o cojines; e incluso, si atendemos a una propuesta del propio dibujante, sobre papel pintado destinado a pisos de solteros para su tormento y ensoñación perpetuos.

El esplendor de la «gibsonmanía» vino a coincidir con lo que en Gran Bretaña se conoce como época eduardiana (1901-1910). Pero nada dura eternamente, los tiempos cambian y las fórmulas se agotan. El estallido de la Primera Guerra Mundial, con su espiral de horrores y turbulencias políticas, marcó el fin definitivo de ese modelo de mujer y del mundo que la rodeaba. En 1919, al término del conflicto, las mujeres estadounidenses obtuvieron el derecho al voto. Gibson ilustró en clave alegórica el acontecimiento (Life, 28/10/1920), poniendo en escena a una matrona, la República estadounidense, que entrega el voto a una joven de aspecto humilde y fatigado, y siguió dibujando, adaptándose a la nueva moda de posguerra, al antitético ideal femenino de la flapper, de pelo a lo chico y silueta tubular. Pero pasó a un segundo plano, artístico, que no financiero, pues ya era un hombre rico (en 1918 asumiría la dirección de Life). Y, aunque su legado gráfico pervivió de la mano de dibujantes más jóvenes como Montgomery Flagg, con el correr de los años su obra quedó asociada a una época superada, siendo casi reducida a documento sociológico. Una valoración injusta pues, por encima de todo, Charles Dana Gibson fue dibujante. Y no un dibujante cualquiera: uno sencillamente extraordinario.