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Oskar Andersson (1877-1906)

Oskar Andersson es, todavía hoy, un gran desconocido fuera de Suecia. En su país natal, sin embargo, su obra ha sido objeto de constantes reediciones y de exposiciones retrospectivas. Podríamos preguntarnos por las posibles causas de este olvido. Sin duda, no era dramaturgo como Strindberg (del que realizó una excelente caricatura recogida en este libro). Desde luego, llegó tarde a la reciente moda de la novela negra nórdica. Quizás, el problema radique simplemente en que se empleó en un arte tan «intrascendente» como el del humor gráfico y la historieta, raramente destinado a traspasar fronteras. Sea como fuere, el hecho incuestionable es que Andersson, considerado el iniciador de la tradición historietística sueca, fue, pese a su corta carrera, uno de los mejores caricaturistas escandinavos de principios del siglo XX; en este sentido, nos atreveríamos a decir que solo el dibujante noruego Olaf Gulbransson se le puede comparar.

El hombre que hace lo que le viene en gana (El Nadir, 2014)

Oskar Andersson nace el 11 de enero de 1877, en Estocolmo. Hijo de un trabajador de la Casa de la Moneda, pronto da muestras de aptitudes para el dibujo, por lo que parecería destinado a convertirse en anónimo grabador. No será así. Tras estudiar artes aplicadas, en 1897 publica sus primeras caricaturas. En un principio en la revista Strix (propiedad del también magnífico dibujante y escritor Albert Engström) y, poco después, ya con regularidad, en su competidora Söndags-Nisse. Andersson consigue así, a edad muy temprana, seguridad económica (gracias a su editor –y amigo– Hasse Zetterström), además de una notable popularidad.

A parte de multitud de chistes gráficos, Andersson produce breves historietas, algunas de ellas en forma de serie: en 1898 publica Bröderna Napoleon och Bartholomeus Lunds från Grönköping resa Jorden runt («Viaje alrededor del mundo de los hermanos Napoleón y Bartholomeus»); también hace su aparición Urhunden, cuyo protagonista homónimo es una especie de animal prehistórico empeñado en devorar toda propiedad y protocolo burgués. Se ha señalado en estas primeras historietas la influencia de la prensa anglosajona y de los emergentes dominicales norteamericanos. Ciertamente, con el alborear del siglo, el cómic había adquirido en los EE.UU. una nueva dimensión industrial, popularizándose los famosos bocadillos que Andersson utiliza en alguna ocasión. Cabe recordar, en todo caso, que las historietas con textos al pie existían en Europa desde hacía más de medio siglo, y que las historietas mudas (en las que Andersson se revela un verdadero maestro) debían su existencia a Wilhelm Busch, dibujante del semanario muniqués Fliegende Blätter, quien hacia 1860 había inaugurado una fecunda tradición ya extendida a los diarios y publicaciones satíricas de casi toda Europa occidental.

En 1902, Andersson comienza su serie más recordada, Mannen som gör hvad som faller honom inEl hombre que hace lo que le viene en gana»). Tal como indica su título, el protagonista de la misma es un sujeto que actúa del modo más caprichoso y extravagante. Con propósito sistemático de subvertir los usos y convenciones sociales, es capaz tanto de ducharse y tirarse con el abrigo puesto a una piscina como de lanzarse temerariamente a una jaula de osos en el zoo. A veces, lo insolente o absurdo de su conducta se hace patente mediante acciones nimias (cuando estrecha la mano del revisor que extiende la suya para ver su billete o cuando se sienta en una calesa mirando hacia atrás); en otras ocasiones va mucho más allá, llegando a desafiar los límites de la física.

El hombre que hace lo que le viene en gana

Junto a esta figura excéntrica, mezcla de provocador, kamikaze y demiurgo, encontramos diseminada por historietas y caricaturas una auténtica galería de personajes: flâneurs, vividores, borrachos, camareros, oficinistas, militares, aristócratas, gentes humildes y burgueses avasalladores conforman un caleidoscopio de todos los estratos y servidumbres sociales; un mundo frente al cual solo la infancia y sobre todo el recurso a la imaginación parecen garantizar cierta evasión. Es sin duda en dicho registro donde Andersson se muestra verdaderamente genial; en este sentido, sus inusitadas o disparatadas visiones tecnológicas, con ecos de la obra de Grandville y un sentido de la anticipación sorprendente, así como su constante juego de pervertir la funcionalidad de los objetos para convertirlos en artefactos inútiles, le erigen, nada más y nada menos, que en un precursor del movimiento surrealista.

Algunos objetos prácticos

Todo ello merced a un grafismo depurado y absolutamente versátil, que fluctúa entre el cartoon y lo grotesco, con figuras de una rotundidad  fisonómica que en ocasiones tornan el texto hasta superfluo; con un estilo que oscila  entre presupuestos más decimonónicos, la estética modernista y un trazo dinámico y minimalista, idóneo para reproducir el frenesí de la vida moderna. En realidad, Andersson, con su ocurrente e inquieta firma, parece albergar en sí no solo diversos estilos, sino múltiples dibujantes, como si de un reflejo de su personalidad escindida se tratara.

Resulta inevitable recurrir a la propia biografía del autor para comprender mejor el sentido último de esta ambivalencia. Tímido, a veces torpe en el trato social, pero dotado de gran sensibilidad, Andersson se mostraba original y excéntrico en las distancias cortas, dejando traslucir el temperamento bohemio e irónico presente en el centro de su obra. Al mismo tiempo, y de un modo directamente relacionado con lo anterior, sufría de inestabilidad psíquica: depresivo y con trastornos obsesivo-compulsivos, acabaría quitándose la vida. No hay dibujo suyo más terrible y premonitorio que el del oficinista que, preguntado por los motivos de su petición de un día libre, responde: «Tenía pensado suicidarme». Se ha aducido como uno de los motivos desencadenantes de tan trágico final la honda impresión que le causaron unas maniobras militares que fue a cubrir como reportero gráfico. De su escaso amor por el ejército ya había dado sobrada cuenta con sus dibujos de torpes y alienados reclutas y esperpénticos oficiales.

Parece ser, en cualquier caso, que a partir de dicho episodio se le oyó murmurar constantemente «caballos… caballos…». Quizá fue demasiado para la sensibilidad de Andersson, gran amante de estos animales, ver cómo eran maltratados por los soldados, así como imaginar los horrores que enfrentarían en caso de guerra con el mortífero armamento moderno. En noviembre de 1906, Oskar Andersson se cortaba las venas y acto seguido se pegaba un tiro. Tenía solo 29 años. Desaparecía así uno de los talentos más originales de su época, dejando un vacío inmenso e irremplazable en el panorama artístico del momento.

Un vacío que, con todo, nuevos dibujantes se apresuraron a cubrir. Entre estos estuvo Oskar Jacobsson, quien, con su popularísima tira Adamson (1920), proveerá de cierta continuidad a la joven historieta sueca.

Pero eso ya es otra historia.