La atrasada Noruega rural, con sus rudos campesinos y humildes gentes, su agreste paisaje y animado folklore, sus fantasmas y animales cuasi fantásticos, inspiradores de emocionantes aventuras. Pero también el París, Múnich o Berlín de la belle-époque y los felices años 20, de los cafés y cabarés, punto de encuentro de la bohemia y los artistas de renombre, punto de partida de viajes en busca del sol, hacia Italia y hasta el lejano Egipto; escenarios, todos ellos, en los que transcurrió la vida de Olaf Gulbransson y que, todavía hoy, reviven en su autobiografía en dos partes Érase una vez y Etcétera.
Caricaturista, ilustrador y pintor, Olaf Gulbransson (Oslo, 1873-Tegernsee, Baviera, 1958) fue, sobre todo, dibujante, uno de los más sobresalientes de la primera mitad del siglo XX. Testigo privilegiado de su tiempo, su trayectoria estuvo íntimamente ligada al semanario Simplicissimus (1896-1944), publicación ineludible dentro de la historia de la prensa satírica, que abarca, a su vez, medio siglo de la historia de Alemania, desde el esplendor de la época guillermina hasta la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial. Pero, aunque el humor y el depurado trazo de Gulbransson brillaron durante décadas en las páginas de esta revisa, hoy quizá perduran más en Érase una vez. Etcétera, su autobiografía, completada en 1954 y sucesivamente reeditada en Alemania desde entonces. Autobiografía, con todo, atípica, que no es ni una novela, ni un libro ilustrado al uso, ni tampoco una novela gráfica (al menos no en su acepción actual como cómic más o menos extenso). Dibujada pero también escrita del puño y letra de Gulbransson, la obra nada entre dos aguas, participando de la fluctuante tradición de la moderna literatura manuscrita que han practicado dibujantes tan alejados en el tiempo como, por ejemplo, Rodolphe Töpffer o Johan Sfar. En su aspecto puramente biográfico, el libro también resulta peculiar. Gulbransson, poco proclive a la introspección, cede protagonismo a su entorno, incurriendo en llamativas omisiones que dejan los consiguientes interrogantes; y la narración, en cierto modo impresionista, repleta de anécdotas, no sigue un desarrollo temporal claro, respondiendo al capricho del recuerdo, siempre arbitrario e impreciso.
Aunque Gulbransson no lo señala en ningún momento, sabemos que nació en Oslo (entonces Christiania), en 1873, como el segundo de cuatro hermanos, que su padre era tipógrafo y su madre tendera. Nada de esto ocupa mucho espacio en su relato, y solo llegamos a conocer a su madre en un ambiguo episodio que quizá sugiere cierto abandono. Su infancia y juventud parecen haber transcurrido en gran medida en un entorno rural, pero su vocación y futuro iban a pasar por la realidad urbana, más exactamente por las redacciones de los periódicos de Oslo, que pronto empiezan a publicar sus dibujos. En 1894 hace el servicio militar y en 1897 se casa con Inga Liggern (una unión de la que nacerán dos hijas). Poco tiempo después viaja a París, donde amplía sus estudios, alterna con la colonia artística escandinava y expone veinticuatro retratos caricaturescos de gente del mundo de la cultura noruega y danesa que, en su patria, le suponen el espaldarazo definitivo. Gulbransson pasa así a formar parte de los círculos artísticos de Oslo y a compartir juergas etílicas con personajes de la talla de Knut Hamsun, futuro premio Nobel. En 1902, clave punto de inflexión, es reclamado en Múnich por Albert Langen, editor del Simplicissimus (y yerno del gran poeta noruego Bjørnstjerne Bjørnson), y contratado como nuevo colaborador de la revista.

Con una estética cercana al art nouveau y un talante combativo en la estela de la mejor tradición satírica (simbolizado en el bulldog o doguillo rojo creado por el dibujante Thomas Theodore Heine), el Simplicissimus se había convertido en poco tiempo en un verdadero azote del orden establecido, merced a sus críticas a la jerarquía de clases y la hegemonía política prusiana; pero, también, dada la previsible respuesta de las autoridades, en una víctima de este. En 1898, el número 31, que se mofaba de la estridencia desplegada por el káiser durante su visita oficial a Palestina, desencadenó una serie de acciones judiciales contra el semanario. Langen, en calidad de editor, marchó a un exilio que se prolongaría casi un lustro y tanto Heine, autor del dibujo de la portada, como Frank Wedekind, responsable de un poema satírico del interior, fueron condenados a varios meses de prisión. No iban a ser las únicas represalias; años después, el escritor y redactor jefe Ludwig Thoma también sería encarcelado por unos versos anticlericales. No obstante, como suele ocurrir, estas y otras medidas represivas solo consiguieron acrecentar la circulación y difusión del semanario, que no dejó de aumentar su calidad y oferta gráfica. Así, para 1902, todos los grandes dibujantes que van a conformar la imagen de la revista (a falta todavía de Karl Arnold) se encuentran ya presentes: Heine, Eduard Thöny, Rudolf Wilke, Bruno Paul, Wilhelm Schulz y… Olaf Gulbransson.
En 1906, Langen (que moriría prematuramente tres años después) renuncia a la propiedad exclusiva del semanario, que pasa a ser compartida entre todos sus redactores y dibujantes. Ese mismo año, Gulbransson se divorcia de Inga y se casa con la escritora Grete Jehly (fruto de este matrimonio nacería en 1916 Gustav Olaf). Instalado en Schwabing, el barrio bohemio de Múnich, Gulbransson participa de la vida artística de la ciudad y alterna, además de con sus colegas de la redacción, con numerosos actores, escritores y pintores a los que rinde amplio tributo en Etcétera. Toda una escena cultural, emparentada a nivel artístico con la Secesión muniquesa, movimiento avanzado respecto del academicismo propugnado desde el Estado, pero todavía lejos del cubismo y fovismo que nutrirán el expresionismo de Der Blaue Reiter. No parece, en ese sentido, que la abstracción o figuración abstracta de la célebre asociación creada en Múnich en 1911 o, como mínimo, de un movimiento de vanguardia como el futurismo inspirasen la simpatía de Gulbransson, a tenor de la –reaccionaria– viñeta «En la exposición de los futuristas». Anclada en la actualidad política y el retrato costumbrista, la sátira corría por otros derroteros, manifestándose en forma de, por ejemplo, historietas, que Gulbransson producirá en gran número para el Simplicissimus.

Bueno, la guerra no es tan horrible. Simplicisimuss, 1916
Durante la Primera Guerra Mundial, la revista, pese a sus antiguas críticas al militarismo prusiano, se sumará al esfuerzo de guerra desplegando una línea editorial patriótica. En 1916, el propio Gulbransson es incorporado a filas y llamado a Berlín en calidad de dibujante del servicio de propaganda del Ministerio de Asuntos Exteriores. Durante ese periodo conoce al pintor Max Liebermann, quien le anima a pintar, y es designado miembro de la Academia de las Artes de Prusia. A finales de 1918, se produce el derrumbe alemán y, ya de vuelta en Múnich, durante la primavera de 1919, asiste a la breve y fracasada revolución comunista de Baviera. Tras la guerra, continúa dibujando para el Simplicissimus, que ahora defenderá la nueva República de Weimar contra los embates de los extremistas de izquierda y de derecha, pero no terminará, tras la experiencia de la guerra y la claudicación de sus principios fundacionales, de recobrar su ímpetu original. No obstante, seguirá ostentando una excelente calidad gráfica e incorporando dibujantes de talento; si antes de la guerra eran colaboradores más o menos regulares artistas como Alfred Kubin, Jules Pascin o Käthe Kollwitz, tras esta, se sumó otro tan sobresaliente como George Grosz.
En 1923, Gulbransson se divorcia de su segunda mujer y se casa con Dagny Bjørnson, nieta de Bjørnstjerne Bjørnson. Ese mismo año se traslada a Noruega, donde residirá hasta 1927. En 1925 es nombrado, junto con su compatriota Edvard Munch, profesor honorario en la Academia de Bellas Artes de Múnich y, en 1929, profesor titular en lugar del fallecido Franz von Stuck. En su historia, de modo previsible, Gulbransson detiene su rememoración en estos hechos felices que suponen la culminación de su trayectoria sentimental y profesional. La nueva década de 1930 va a comenzar con los estragos de la depresión económica y el auge y llegada al poder de Hitler, principio de la consabida espiral de horrores y devastaciones. Un capítulo infame de la historia en el que, a nivel personal, Gulbransson jugará un triste papel.
Desde el momento en que el movimiento nazi empezó a alcanzar notoriedad, Simplicissimus destacó por sus críticas a Hitler, a quien presentó en diversas portadas como un déspota y un lunático. Por ello, cuando el führer se aupó a la cancillería, la estrategia de censura, intimidación y acoso no se hizo esperar: una exposición retrospectiva de la obra de Gulbransson, inaugurada con motivo de su 60 cumpleaños, fue precipitadamente clausurada, y la propia redacción del semanario, ante la persistencia de portadas críticas, asaltada. Pronto, la división entre aquellos más beligerantes y aquellos más proclives al compromiso hizo mella en el seno de la redacción que, finalmente, presenció cómo tres miembros de las SA se personaban en una reunión editorial y ordenaban a Heine, judío y último defensor de la resistencia a ultranza, que cesara toda actividad en el semanario. A él, pero no al resto, porque los nazis supieron ver que una revista asimilada era mucho más útil que una revista extinta. Y así, aunque Heine hubo de marchar al exilio, el resto de sus colegas, firmas históricas de la redacción, aceptaron continuar con la revista bajo la tutela del nuevo orden nazi que, al filo de los años, incluso les recompensaría con honores y distinciones. En 1937, Klaus Mann, uno de los principales portavoces de la intelectualidad alemana en el exilio, escribía:
Entre las publicaciones del Tercer Reich, la revista satírica Simplicissimus es la que más me duele. (…) Todos los antiguos nombres (Karl Arnold, Olaf Gulbransson, Eduard Thöny, Eric Schilling, Wilhelm Schulz) están todavía allí. Solo T. T. Heine falta. (…) Desde Praga y Brno debe mirar con tristeza y vergüenza cómo sus antiguos amigos y colegas arrumban su conciencia.
Por desgracia, la práctica de la sátira raramente va acompañada de un firme sentido del compromiso, y Gulbransson no fue la excepción. Tras dibujar portadas que comulgaban con la línea política nazi, una vez desencadenada la guerra, caricaturizó abundantemente a los líderes aliados, Roosevelt, Churchill y Stalin. En paralelo, quizá en un repliegue artístico favorecido por el sombrío panorama, se volcó en la realización de varios libros, destacando Érase una vez (Es war einmal), publicado simultáneamente en Múnich y Oslo en 1934, cuya segunda parte, Etcétera (Und so weiter), aparecería veinte años después, ya durante la posguerra.
En 1958, el dibujante de sempiterna cabeza calva, amante de las mujeres, entusiasta de la natación y la cerveza fallecía a los ochenta y cinco años de edad en su residencia campestre de Tegernsee, Baviera. Quizá entonces asumiera todas y cada una de las cambiantes formas en que gustara encarnarse bajo su lápiz (alegre bebedor, rolliza figura alada, ingrávido globo, rotundo gato…); quizá entonces, ya libre de las trabas y los fatales derroteros de su siglo, se convirtiera él mismo en inmortal dibujo.
