Desconocemos en qué circunstancias se produjo, hacia 1917, la colaboración entre el escritor Lucien Descaves y el dibujante Lucien Laforge. En todo caso, el resultado no pudo ser más satisfactorio. Las ilustraciones de este último para El triunfo de Ratón (Ronge-maille vainqueur), elegantes y rudas al mismo tiempo, desconcertantes en su maravillosa concisión, recogen a la perfección el espíritu de las lapidarias frases del veterano escritor libertario, no en balde una sensibilidad afín; un grafismo directo y eficaz, a base de gruesos trazos negros, que es característico de este artista mal conocido, cuya carrera se extendió entre los años inmediatos a la Grande Guerre y los albores de la Segunda Guerra Mundial, y que produjo, fundamentalmente, viñetas de prensa (para periódicos izquierdistas como Le Canard enchaîné o L’Humanité) e ilustraciones de obras clásicas (como los cuentos de Perrault o Las mil y una noches).

En la época de gestación de El triunfo de Ratón, durante la Gran Guerra, con el lápiz, pero también con la pluma, Laforge, pacifista y contestatario, fue uno de los contados dibujantes de prensa del periodo que evitó toda exaltación patriótica. Colaborador del citado Canard enchaîné, precisamente nacido en protesta por el bourrage de crânes (el lavado de cerebro) de la propaganda de guerra, Laforge firmó dibujos contundentes, con leyendas como la que llega a poner en boca de un patriota de café: «Hay que conseguir que los pequeños franceses salgan del vientre de sus madres con el fusil en la mano» (Les Hommes du jour, 23 de diciembre de 1916).
Este espíritu de denuncia es también patente en álbumes de creación propia, como Le Film 1914, escrito en 1917 y, al igual que El triunfo de Ratón, censurado y publicado solo después del fin del conflicto. En dicha «película» —en palabras de uno de sus contemporáneos, el escritor comunista Paul Vaillant-Couturier, un «hierro al rojo vivo» en «la carne pálida y fofa del Burgués ahíto de muertos»—, Laforge describe los horrores de la guerra poniendo el acento en el cinismo de las autoridades, de los supuestos patriotas y de los profiteurs o ventajistas. Un talante crítico que se observa en otras obras de carácter también muy personal, como La danse macabre (1922), sobre el viejo motivo de la muerte, más que vigente tras la terrible experiencia de la guerra.

El escritor Pierre Mac Orlan resumió acertadamente el carácter de la obra de Laforge. En un artículo dedicado a su figura (y a la del también ilustrador Gus Bofa) publicado en 1952 en la revista Arts bajo el epígrafe «Las soledades superpobladas», Orlan señalaba el escaso interés que este mostraba por «el decorado», «que fácilmente abandona en provecho de las larvas», y concluía: «Laforge, cuya visión tiende a menudo a la violencia, también es, al igual que todos los artistas de apariencia misántropa, un hombre proclive a la piedad y a una indefinible ternura». «Laforge (…) [forma] parte de un grupo de testigos del que debemos fiarnos…».